Testimonio sobre aborto: "decidí interrumpir mi embarazo y no me arrepiento"

Una salteña cuenta que hace 15 años abortó en el consultorio de un médico ginecólogo. Nunca se animó a contarlo y tampoco sintió culpa.

07 Ago 2018

Cuando hace 15 años Micaela quedó embarazada no pensaba en la maternidad, tampoco tenía una opinión formada sobre el aborto. De eso no se hablaba, era una condena. En la única clase de educación sexual que tuvo en el colegio católico donde estudió le enseñaron sobre el desarrollo embrionario. Nada sobre cómo cuidarse durante las relaciones sexuales. Micaela tenía 18 años, cursaba el primer de la universidad y no quería ser madre.

“La gran verdad es que una siempre piensa que no le va a pasar hasta que le pasa y no sabe qué hacer. Además a mí me habían educado para el amor, desde la idealización. Sabía que existían métodos anticonceptivos pero no sabía cómo cuidarme con ellos”, relata la salteña que ahora tiene una hija biológica de siete años y un hijo del corazón de cinco.

Su novio vivía lejos. La acompañó y la contuvo, pero a la distancia. Estaba sola y decidida a no seguir con el embarazo. “Me habían hablado del té de perejil. Lo tomé y no me hizo nada. Después me enteré que es un método muy peligroso, que a muchas chicas les produjo infecciones fuertísimas. Yo no lo sabía, me arriesgué”, recuerda.

No se animó a contárselo a sus amigas, tampoco a su mamá. “Todas habíamos salido de un colegio católico y el aborto era una acción condenable, un pecado. No podía recurrir a ellas”, cuenta. En la universidad, una compañera le aconsejó que siga con el embarazo hasta que se reencontró con una amiga de la infancia que estaba atravesando su misma situación. Fueron juntas al médico.

 “A partir de ahí aprendí a cuidarme”

“Mi novio me hizo un giro de dinero. Creo que en ese momento eran $500, y con mi amiga conseguimos un médico ginecólogo que hacía abortos en su consultorio junto con un anestesista y una enfermera. No sé de cuántas semanas estaba pero recuerdo que fue una cirugía rápida. El médico me recetó antibióticos y me fui caminando del lugar”, relata Micaela. “A partir de ahí aprendí a cuidarme”, agrega.

Micaela optó callar su historia por miedo al castigo social pero nunca sintió culpa por su decisión. “Decidí interrumpir mi embarazo. Fue algo que elegí vivir y no me arrepiento”, sentencia.

“Me enoja cuando las personas autodenominadas Pro Vida dicen que si la ley de interrupción voluntaria del embarazo se aprueba, las mujeres vamos a usar el aborto como método anticonceptivo. Cuando una mujer decide no ser madre es porque se da cuenta que sus condiciones económicas y sociales no son suficientes para hacerle frente. Ni hablar de las niñas y mujeres que fueron violadas”, destaca.

La campaña por la legalización del aborto, las marchas en contra de la violencia machista y los testimonios de muchas mujeres la motivaron a contar su historia. Ahora, en el pueblo donde está radicada desde hace diez años, está organizando una movida junto a otras chicas que vivieron una situación similar y que ahora le ponen la voz y el cuerpo a esta lucha colectiva.

“Cuando se empezó a hablar de la importancia de la libertad y el poder de decisión que la mujer tiene sobre su cuerpo hice un click en mi cabeza y comencé a militar la causa”, dice. “Yo tuve la suerte de contar con el dinero para hacer el aborto pero hay mujeres que no y que se ven empujadas a poner en riesgo su vida en la clandestinidad. Si la ley no se aprueba, eso va a seguir pasando”, finaliza Micaela.

El pañuelo verde está ahora colgado en la puerta de su casa en un pueblo conservador de pocos habitantes donde los corazones de un pequeño grupo de mujeres laten para que el aborto sea legal.





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