SI YA ESTÁS EN LA AZOTEA. Por Alejandro Tolosana.

19 Oct 2018
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ilus de Romina Paola Pereyra

Si ya estás en la azotea


Hay un perro tirado justo en el medio de la calle, al rayo del sol, sobre el asfalto caliente. Asomo la cabeza. Desde la terraza, no alcanzo a ver si está vivo o muerto. No veo sangre, no veo tripas, pero tampoco se mueve.

—Está muerto—dice Luis.

—No. Me parece que movió la oreja—le digo.

—Está muerto, olvidate. Ningún perro se va a echar a dormir en el asfalto así de caliente.  

—¿Y vos qué sabés?

—Yo sé todo.

—Bah—digo, acompañando la queja con un gesto de la mano.

Por esta calle casi no circulan autos, y mucho menos a la hora de la siesta. Cada tanto veo que pasa alguien en bicicleta. Una chica joven, de vestido verde. Dos nenes que, parados sobre los pedales, surcan la calle a toda la velocidad que les permiten sus piernas. Un hombre distraído que se arrima al perro sin verlo y recién lo ve y logra esquivarlo a último momento, repentinamente, con una puteada. El perro sigue tirado ahí, inmutable.

Cayendo la tarde, el sol aún pega bastante fuerte, pero a la sombra, a la escasa sombra que encontré, corre una brisa agradable. Detrás de mí, la ropa mojada de los vecinos del edificio puebla la azotea. Siento que las polleras, las camisas y los corpiños que cuelgan de la soga, chorreando hilos largos de agua sobre el piso verde, son como un jurado de mis pares (en las películas siempre dicen eso) que me observa en silencio y juzga mis actos.

—Sos un cagón—dice Luis.—Un cagón de mierda.

—Callate, idiota—le contesto, sin dar vuelta la cara.

—Cagón.

—Me chupa un huevo lo que digas, Luis. En un rato me tiro y se terminan todos los problemas. Al carajo con todo.

—Vos y yo sabemos que no te vas a tirar, cagón.

Siento un temblor de furia en todo el cuerpo y un hervor que me va subiendo por la cara, rojo y pulsante, pero aprieto los dientes y no digo nada.

—Vas a terminar solo—agrega—, solo como un perro. Sin mí, sin tus viejos, que te odian, sin nadie, en la ruina total. Solo como un viejo forro, en una pensión llena de cucarachas, con olor a humedad, a pobreza, a muerte...

—Cerrá el culo, Luis—le advierto, dejando que me gane un poco la furia.

—...cagándote encima y sin nadie que te cambie los pañales. Y lo peor son los años que te faltan para eso. Años y años. Una mierda de vida, te espera, maricón. Larga y sufrida. Y no tenés los huevos para saltar. Mirate. Lástima, me das. Sos un pobrecito tipo.

—No me importa, no me importa nada—le digo, dándome vuelta para encararlo.—¿Vos te pensás que me arrepiento de algo? ¿Pensás que cambiaría algo? Hice lo que siempre iba a terminar haciendo, en esta vida y en las próximas mil, si las tuviera. Todos los caminos conducen a Roma, Luis, y Roma es esta terraza, ahora. Justo ahora.

—Mirá que sos pelotudo—dice, y se ríe.

No le contesto. Que diga lo que quiera. No voy a dejar que me humille más, porque ya le banqué suficiente. Años de convivir con su crueldad. Pero basta, no le voy a dar más cabida, ni me voy a calentar. No, señor. Si acá termina todo, que así sea, pero me voy con mi dignidad. ¿Qué otra cosa me queda, si acaso no me queda eso? Ya ni sé.

Me sacudo el polvillo del pantalón. Miro al piso y veo el revólver junto a mi zapatilla. Está tan quieto, ahí tirado, tan frío, que me cuesta darle crédito a la memoria de su peso en mi mano, de los estallidos, del humo. Casi se diría que siempre estuvo ahí tirado, desde que hicieron este edificio, desde el principio de los tiempos. Todavía se huele la pólvora. Como el perro, en la calle, tampoco decido si el revólver está muerto o si solamente duerme, hasta que lo despierte nuevamente el hambre.

—Escuchá—me dice Luis.—Escuchá. Ahí vienen.

Afino el oído y escucho, en efecto, el biru, biru, biru, inconfundible, bajando por la avenida. En un ratito, nomás, van a llegar los destellos azules, como los flashes de mil fotos sin ruido, iluminando el barrio. Y yo acá, en esta terraza vacía, por última vez amparado del sol, por última vez disfrutando de un vientito amistoso que me acaricia el pelo.

Y Luis, el forro de Luis, tirado en el medio del paso, deformado como un muñeco de trapo, con tres balazos en la barriga y uno en la cara.

Me subo a la baranda y abro los brazos, para hacer mejor equilibrio. En la esquina ya asoma la trompa del primer patrullero.

Antes de saltar, miro por última vez hacia la calle. El perro está de pie, olfateando algo en el cordón. Sonrío.

Luis dice algo, pero ya no lo escucho.



Texto: Alejandro Tolosana.

Ilustración: Romina Paola Pereyra.


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