Héroes de Malvinas: dos historias para no olvidarlos nunca

Guillermo Rodríguez fue el primer argentino en izar la bandera celeste y blanca en la Islas. Por su parte, Juan Carlos Olivera salvó la vida de 750 tripulantes luego del hundimiento del Crucero Belgrano.

07 Abr 2018

Alegría. Una alegría desbordante, indescriptible. Eso es lo que Guillermo Rodríguez dice que sintió al izar por primera vez en las Islas Malvinas la Bandera de la Argentina.

El frío glaciar de aquellas tierras no pudo detener el avance de 91 hombres que la mañana del 2 de abril de 1982 descendieron del buque Santísima Trinidad. Así 50 comandos anfibios de la Armada Argentina irrumpieron en el cuartel de la Royal marine, en donde encontraron un mástil que hizo flamear los colores celeste y blanco en el nublado cielo de Malvinas.

Lo que pareció un ejercicio militar como cualquier otro terminó siendo la gesta que recuperó las islas del dominio de los ingleses.

Rodríguez, quien en ese momento tenía el cargo de Suboficial Mayor de Infantería de Marina y encargado de la Agrupación de comandos anfibios, fue el encargado de izar la bandera argentina en las islas.


“Una alegría bárbara sentí”, comenta el ex combatiente y luego agrega que “Giachino (jefe de otra patrulla de comandos anfibios) me encuentra y me dice: Mayor, vio estamos en Malvinas, y le digo sí señor por fin se cumplió, y él me dice 'no me llame señor, llámame Pedro que estamos en combate'”. Y esa fue la última vez que vio con vida a Giachino, quien fue herido de muerte a las pocas horas durante la toma de la casa del gobernador de las islas.

Pasaron 36 años de ese día; pero los recuerdos de Rodríguez son precisos. “Eran las 6:45 de la mañana del 2 de abril”, afirma al relatar el momento del izamiento del pabellón argentino. Y señala una fotografía que inmortalizó ese momento glorioso para él, en donde también está el comandante Guillermo Andrés Sánchez Sabarots, ambos con las caras pintadas y el uniforme de los comandos. La noche anterior no había sido nada fácil.

“Desembarcamos la noche del 1° de abril, a las 23:15 tocamos playa”, recuerda el ex combatiente. Llegaron a Bahía Enrriqueta y desde allí caminaron por un terreno desconocido, pedegroso, y en medio de la oscuridad. Pero Rodriguez afirma que estaban totalmente preparados.

“Todos nos pusimos contentos, porque siempre habíamos estado haciendo ejercicios todos los años y se dio la oportunidad real que era ir a Malvinas”, apunta el ex combatiente.

Al llegar al cuartel de la marina inglesa, a través de un megáfono solicitaron la rendición de las tropas británicas; sin embargo en el lugar no había nadie. Los ingleses ya los estaban esperando.

“Ellos sabían que nosotros íbamos y lo habían desalojado el día 1° a las ocho de la mañana y se fueron a cubrir los puntos estratégicos que ellos consideraban como la casa del gobernador, el aeropuerto, el faro, el puerto y dos o tres más”, recuerda Rodríguez.

Mientras tanto, las tropas comandadas por Giachino “estaban a los tiros en la casa del gobernador, a unos dos kilómetros se escuchaban explosiones, morteros, ametralladoras, todo, ahí lo hieren a Giachino y muere”, agrega el ex combatiente.

Pocas horas después llegó un batallón con 900 soldados argentinos y tomaron el control total de las Islas. Recién ahí el batallón de Rodríguez pudo sentarse a comer.

A falta de cubiertos usaron palitos y comieron mondongo a la genovesa, que venía enlatado. Esto fue recién a las cinco de la tarde.

Paralelamente, las cámaras de todo el país tenían como protagonista a un grupo de comandos del ejército. Esos llegaron a las Islas “limpitos, bañados y perfumados”, según la descripción de Rodríguez, para izar la bandera en el mástil de la casa del gobernador.

“Eso es lo que yo he vivido, hay muchos versiones de esto pero yo no las he vivido”, finaliza el ex combatiente.


Héroe de guerra

El 2 de mayo de 1982, el submarino nuclear británico HMS Conqueror atacó al Crucero ARA Gral. Belgrano y causó su hundimiento.

Rápidamente se dispuso un operativo para hallar las balsas con los integrantes de la tripulación que aún se encontraran con vida.

Juan Carlos Olivera, en ese momento Suboficial Mayor Aeronáutico de la Escuadrilla exploradora de la base Comandante Espora, se abocó a la tarea de hallar a los marinos que quedaron a la deriva en el mar.

A las seis de la tarde, Olivera había emprendido un primer rastrillaje sin éxito y a las cuatro de la madrugada del otro día volvió a salir en búsqueda de las balsas.

“Había diez mil cosas en contra y si no se los localizaba, cuántos más habrían fallecido dentro de las balsas”, reflexiona Olivera 36 años después.

Después de 14 horas de vuelo, la búsqueda se hacía difícil y no se tenían datos certeros de dónde podía llegar a estar la tripulación que  había sobrevivido al ataque inglés.

El avión en que viajaba Olivera tenía poco tiempo de margen para volver a la base de donde había despegado y el combustible se estaba acabando.

“Pero el comandante de la escuadrilla le pregunta al navegante: si usted estuviera en el agua le gustaría que lo busquemos una hora más y él dijo sí. Y después viene la pregunta para el resto de los oficiales, y contestaron que sí. Y volamos una hora más y en la última corrida vimos las balsas” recuerda el ex combatiente.

A casi 300 millas de distancia del punto donde se hundió el Crucero Belgrano hallaron las balsas, con un mínimo de combustible en el avión pero con las esperanzas intactas.

Al ver a las balsas, los tripulantes del vuelo estallaron de emoción, la misma que se le nota en los ojos a Oliveras al recordar lo sucedido, ya que salvaron a 750 personas a riesgo de perder sus vidas.

No hubo mucho tiempo de celebrar, apenas divisaron a las balsas dieron la novedad y debían regresar, ya que habían sobrepasado el tiempo límite de vuelo. Volvieron con la certeza de que habían cumplido su misión.

Este hecho la valió la condecoración de la Cruz de Plata a Olivera, quien en ese momento tenía 30 años.

A 36 años de estos hechos, las historias de lo sucedido en Malvinas siguen frescas en la memoria de sus protagonistas y en el sentir del pueblo argentino.


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