Entrevista a Eduardo Grüner: "el pensamiento crítico debe poner el dedo en el enchufe”

El autor de El fin de las pequeñas historias habla sobre el rol del intelectual hoy, el pensamiento de Walter Benjamin, el papel de la izquierda y los cambios en el feminismo y la decadencia del cine. “El cine dejó de ser”, dispara.

16 Sep 2018
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Entrevista a Eduardo Grüner

Por Jorge Figueroa

PARA LA GACETA - TUCUMÁN

Hay que meter mano a los clásicos, a esas frases que no tienen por qué no ser desmontadas, que hay que reflexionarlas y no solo aceptarlas casi con resignación. De alguna manera siempre nos confiamos en ellas, las heredamos pero sin beneficio de inventario, y las repetimos una y otra vez, como si fueran dogmas. “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”, escribe Marx en su Tesis sobre Feuerbach (1845, número 11). “La historia se repite primero como tragedia y después como farsa” anota en el libro El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852). Y por qué no hablar de Nietzsche o Vattimo sobre que vivimos un mundo de interpretaciones y no de experiencias vivas.

Eduardo Grüner es un reconocido intelectual de izquierda, estudioso del marxismo desde hace décadas y asegura que la interpretación es ya una transformación, con lo que propone otra interpretación (valga la redundancia) de la frase de Marx; una edición de la realidad, en todo caso. “No dice la Tesis número 11 que se debe eliminar la interpretación. Finalmente sin teoría no hay práctica, el conocimiento del mundo depende de la transformación”, explica, y añade: “Marx y Freud hicieron teoría de su propia práctica. Se piensa a partir de ellos; mejor dicho, se debería pensar desde ellos, que son nuestros griegos en la modernidad. Tanto Marx como Freud aprendieron el castellano para poder leer Don Quijote de la Mancha. En ambos se elogia y se estudia la infancia de la humanidad”. O desea pensar la tragedia desde otro lugar. “No es sinónimo de muerte”, indica durante una extensa entrevista, sino de un conjunto de circunstancias que pueden dar lugar a la muerte. “El espíritu de la interpretación está conectado con la oposición entre lo dionisíaco y lo apolíneo, que Nietzsche identifica con el origen de la tragedia”.

El autor de numerosos ensayos que se auto- define como benjamiano, sartreano, se ataja cuando se recuerda su militancia: “soy un compañero de ruta del Frente de Izquierda. No pertenezco a ningún partido”, y casi con algún sarcasmo se queja de que la izquierda convoca a los intelectuales como tales, pero para que dejen de serlo; es una paradoja, dice: “es el lugar imposible de los intelectuales, porque si son críticos, tienen problemas con su partido”. Piensa en Sartre inmediatamente, y casi riéndose, comenta que aspira a su retorno: “falta poco”, augura.

Eduardo Grüner se rebela con el “presentismo permanente, perpetuo”, pero admite, como Boris Groys, que nunca una época, como la actual, se preocupó tanto por su presente.

- ¿Qué rol cumple un intelectual?

- Un intelectual no puede dar una salida, no es su tarea. (Theodor) Adorno, por ejemplo ¿qué salida da? Ninguna. Es un trabajo que se preocupa por formular preguntas, interrogantes, frente al fuerte razonamiento científico, al menos hasta hace un tiempo. El pensamiento crítico debe poner el dedo en el enchufe; lo suyo no es ir a buscar a un electricista para que arregle el cortocircuito. Lo importante es que la gente se haga preguntas. En la primera clase siempre les digo a mis estudiantes que la aspiración de esta cátedra es que cuando terminen planteen caminos, que se vayan con muchos interrogantes. Es que cuando uno más estudia, menos sabe. ¿Cómo definir el arte, la cultura? Uno tiene que etiquetar, porque enseña y es docente, pero son cosas provisorias, muy temporarias. En particular trabajo con la estética del siglo XX, con la Escuela de Frankfurt, Adorno y Benjamin, principalmente. Creo que Aby Warburg revolucionó la manera de pensar. La primera generación de Frankfurt es la que más me interesa.

- Walter Benjamin, de algún modo convertido en una moda, con institutos, academias, seminarios, congresos que llevan su nombre...

- Es lamentable sí, ese proceso de mercantilización, todo eso que se ha creado a su alrededor. Pero no puede hablarse de arte sin lo que él escribió. Sobre el aura, por ejemplo, que no es una propiedad de la obra sino una cierta relación que se establece entre la obra y el espectador. Es una experiencia, no un objeto, aclara bien. Es la experiencia de un enamoramiento. El aura cultual (no cultural) de la obra, es la relación del objeto con el culto, su valor va de afuera hacia adentro, por así decirlo. En la Modernidad la obra de arte se convierte en un objeto de exhibición; del arte religioso se pasa a la religión del arte, señala; aparecieron los museos, la teoría estética… todos esos son inventos de la Modernidad que dan cuenta de una separación del arte respecto de la vida cotidiana o del ritual religioso o lo que corresponda. Es increíble la metáfora que toma de la pintura “Angelus Novus” de Paul Klee. Ese ángel que se va mirando atrás, las ruinas, y es arrastrado por eso que se llama progreso...

- ¿Cuál es tu punto de partida?

- Sin Marx y Freud no se puede pensar, o al menos, no se debería pensar. Ellos son nuestros griegos. Con Nietzsche hay un retorno de la idea de la tragedia, que Marx dijo que se repite como farsa, lo apolíneo y lo dionisíaco. En Freud está presente el origen trágico de lo anterior. Es una obsesión pensar lo trágico en este tiempo.

La muerte por sí no es la tragedia, es trágico las circunstancias de la muerte; un accidente no es tragedia; es una palabra que pertenece al lenguaje cotidiano. Benjamin tomaba mucho en cuenta a Freud al momento de hablar del cine.

- Me contabas que te gusta el cine y lo estudiás mucho...

- Pero es un arte que está en franca decadencia. Me interesó hasta los 70. Godard, Truffaut, el neorrealismo italiano por supuesto, Passolini, el nuevo cine alemán con Fassbinder; John Cassavetes en Estados Unidos. ¿Dónde está todo eso ahora? El cine dejó de ser. Antes esperábamos la última película de Godard como se aguardaba ansioso una novela de Julio Cortázar. Todo eso quedó capturado por la industria cultural, Hollywood. Hay que recuperar los grandes clásicos. Se alteró la manera de ver en este tiempo. Pero hay que recordar que el cineasta trabaja con signos del objeto, donde ese signo está inmediatamente pegado al objeto, coinciden visualmente. El cine produce con lo que Benjamin llama inconciente lógico. Y habla del efecto de distracción, que no tiene que ver con lo que hablamos cotidianamente con la distracción; distraer es salir del camino esperado, para decodificar qué es el mensaje y en cierto modo, la producción del sentido.

- Hablaste de la industria cultural, un tema tan debatido...

- Aclaro que el salto cualitativo de la industria cultural no es porque el arte sea una mercancía. Porque es concebido como tal desde mucho antes, no es el concepto de Adorno de industria cultural el que les da ese carácter. Se está en la lógica del capitalismo tardío en la que no se transforman en mercancías, sino que son concebidas desde el vamos como producción mercantil, que tiene que otorgarle al capitalista una rentabilidad. Entonces pasamos a la producción de mercancías, no solo de la compra y la venta. Adorno se queja porque no fue suficientemente radical cuando dijo que no podía escribirse poesía luego de Auschwitz, porque debería haber dicho que ‘no podía escribirse’ directamente, con tanta barbarie.

- Esto que dices tiene tono a nostalgia.

- (Piensa, mientras hace un par de secas a un cigarrillo barato que tenía otra marca hace algunos meses). Acepto lo de la nostalgia, pero sin que se relacione con la melancolía, no podría seguramente ser melancólico. No es que diga que todo tiempo pasado fue mejor... pero sí hubo mejores momentos, épocas; no todo el pasado, es cierto. Puede ser un anacronismo crítico.

- ¿La izquierda aporta al pensamiento crítico? Recuerdo el manifiesto trotskista del arte...

- Es problemático el tema. Aporta en hacer ver la posibilidad de pensar en otros términos. Es deudora de algunas re definiciones; hay un progresismo, una apertura últimamente que es muy sana. Pero bueno, la izquierda es minoría en todas partes. Toda la libertad para el arte, propuso León Trotsky en ese manifiesto del arte independiente de 1938, y André Bretón lo quiso corregir, pero Trotsky insistió y no cedió: ‘aún para los contrarrevolucionarios’. Como principio general estoy de acuerdo con eso. Algunos tienen la ilusión, pero el arte no arreglará ningún problema. Ayudará si pone el dedo en el enchufe y no se encarga de buscar al electricista, como te dije en otra conversación.

- ¿Hay relación entre el feminismo de hoy y el de los 60? ¿La paridad?

- Al feminismo de los 60 y el de hoy es muy complicado compararlos. En esos años leíamos a Simone de Beauvoir, por supuesto. Pero no había esa dispersión de géneros que existe en la actualidad, que tanto complejiza, mucho más que en los 60. En relación a la paridad, no se puede imponer por decreto la calidad estética o artística, en función del reclamo de que haya tanta cantidad de artistas hombres como de mujeres en los jurados, en las muestras...Casi con humor les pediría ser más radical. Y que todo sea feminismo, que no haya palabras masculinas, por ejemplo.

- Hay colores de lucha durante estos días...

- Parece un enfrentamiento de colores sí. Verdes, celestes y ahora se viene el naranja. En la Revolución Rusa estaban los rojos y los blancos; el negro identificó al fascismo...las camisas pardas. David Viñas se quejaba un poco con humor, un poco en serio, por qué el color rojo era peligro en los semáforos.

© LA GACETA

> PERFIL

Eduardo Grüner es sociólogo, ensayista y crítico cultural. Se doctoró en la Facultad de Ciencias Sociales en la UBA, donde luego sería profesor de Teoría política y vicedecano. En la Facultad de Filosofía y Letras de esa universidad fue profesor de Antropología del Arte y de Literatura u Artes combinadas. Es autor de los libros: Un género culpable (1995), Las formas de la espada (1997), El sitio de la mirada (2000), El fin de las pequeñas historias (2002) y La cosa política (2005). Es coautor de 14 libros en colaboración y prologó libros de Foucault, Jameson, Zizek, Balandier y Scavino. Ganó el premio Konex a los ensayistas más relevantes de la década.

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