Trabajar 14 horas en la calle: el oficio de un trapito que enfrenta soles, lluvias y prejuicios

Santos Quipildor cuida las motos de la esquina de Alvarado e Ituzaingó. Desde los 14 años que trabaja y ahora la necesidad lo llevó a buscar un trabajo en el que “tenés que bancártela” según dice.

25 Nov 2018

Mecánico, sanguchero, vendedor de ropa usada en la feria, seguridad en edificios, personal de mantenimiento, albañil. La lista de oficios que ejerció durante su vida Santos Quipildor  parece interminable.

Pero su primer trabajo fue de vendedor de frutas, a los 14 años y en la esquina de San Martín e Ituzaingó.

Hoy cuida motos en la esquina de Alvarado y Buenos Aires, y comenta que llegó allí “porque la cosa está difícil” a la hora de buscar un trabajo formal.

“No hay laburo en ningún lado”, afirma Santos Quipildor de 25 años, a quien se puede ver con un chaleco fosforescente casi todos los días y casi todo el día en la misma esquina, la cual ya se convirtió en el territorio que cuida celosamente.

“Si alguno viene a querer trabajar aquí yo le pido que se retire”, relata Santos, que a la vez afirma que “nunca tuve problemas con alguien que haya venido acá, ellos saben que se tienen que ir”. Es que en el centro de la ciudad de Salta, casi todas las esquinas en donde se pueden dejar motos tienen su propio “trapito”.

Pero el trabajo que hace Santos tiene un plus particular. Luego de la última lluvia, por ejemplo, se puso a secar los asientos de todas las motos porque “sino después se arruinan con el sol”, según él mismo cuenta. Hay cosas que se aprenden solo en la calle.

Foto Iván Rodriguez. LA GACETA

Y es que la calle ya es prácticamente su hogar. Entre lunes y sábado pasa 14 horas diarias parado o sentado en la misma esquina, viendo la gente pasar, acomodando las motos, charlando con algunos, saludando a algunos otros.

El único recreo de este trabajador es el momento del almuerzo. Siempre a la misma hora y en el mismo lugar: un puesto en el Mercado San Miguel.

Las inclemencias climáticas a veces son lo más duro de su trabajo. Sol, lluvia, frío, el clima no perdona.

“Acá si llueve, refugiate”, dice Santos y cuenta que durante cada lluvia se resguarda en la galería de un edificio que se encuentra al frente de donde suele ubicarse. Desde allí puede seguir mirando a las motos que cuida.

Foto Iván Rodriguez. LA GACETA

El día a día

“A veces los días no te ayudan pero tenés que bancártela”, afirma el trapito y relata que hay días pesados y otros más livianos.

“Los días pesados no hay movimiento y uno no sabe cuánta plata va a hacer”, dice y agrega que “no hay movimiento y aquí entran pocas motos”. Alrededor de 22 de estos vehículos son los que pueden ubicarse en el espacio que cuida Santos, mientras que en otras cuadras llega a haber lugar para 50 motos.

Según el trabajador de la calle "los días livianos son los que viene gente, y te charla, y no estás quieto”. “Así pasa más rápido la hora”, afirma.

El pago del estacionamiento en la zona de Santos es a voluntad, y así como hay gente que paga con $5 o $10, hay algunos que son más generosos. “Rara es la vez que alguno me llega a dar $50”, comenta el joven.

La realidad económica está dura y ningún sector es ajeno a la misma. Por eso Santos cuenta que “se vive el día a día. A veces hay para milanesa, y a veces solo para una sopa o mate”, apunta el trabajador.

Por eso a veces elige llegar al centro caminando desde su casa en la zona sur para ahorrar unos pesos.

De esta forma le queda más dinero en caso de que su hija de cuatro años lo necesite. “Si mi hija me pide algo y no se lo puedo dar me siento mal”, relata Santos, quien se tatuó en el antebrazo un homenaje para la pequeña Arantza.

Foto Iván Rodriguez. LA GACETA

Sobre su trabajo cuenta que “en la calle no hay comodidades y no te queda otra que rebuscártela”, cuenta. Para entrar al baño, por ejemplo, pide permiso en la playa de estacionamiento que está al frente.

Cuando termina el día a veces como un sándwich y se va a dormir. Para arrancar de nuevo a las 7, el día siguiente.

La pobreza, la marginación y los prejuicios

Santos conoció el trabajo a muy temprana edad, empujado por la necesidad y por la pobreza. Se crió en villa Cañitas, “lo que ahora se conoce como Virgen de Urkupiña”, cuenta.

Y de su infancia recuerda que “ahí una persona cocinaba para cuatro familias”. Por eso está convencido de que lo que hace es “un laburo honesto. Prefiero esto que salir a robar”.

Aun así las miradas discriminatorias no faltan pero él insiste: “somos gente de bien”.

“Algunos dicen que está bien que haya alguien que cuide. Otros te miran con mala cara pero si les roban después se preguntan porque no había nadie cuidando”, afirma Santos, a quien le falta una sola materia para terminar el secundario. “Pero lo voy a  hacer más adelante”, sostiene.

Lo que no le falta es la fe y la esperanza. “Yo me persigno todas las mañanas y le pido a Dios que me vaya bien y volver con la cabeza en alto”, comenta.

Por eso, su lado más místico cree en un Dios de pelo largo y cercano a los pobres. “A pesar que a mí me cabe la duda, que Cristo no es de los nuestros. Él tiene pinta de villero y no parece concheto”, es la frase de su próximo tatuaje.

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