Villa Floresta: hambre en una zona en donde habían prometido grandes obras

En 2016 se anunció una inversión de 114 millones de pesos para desagües, cordón cuneta y pavimento. Tres años después la situación poco ha cambiado.

07 Jul 2019

Una millonaria inversión se anunció hace tres años para los vecinos de villa Floresta, en la zona este de la ciudad. Pero lejos de aquella promesa hoy los vecinos viven con hambre: este es el caso del comedor El Buen Samaritano que hace más de diez años da de comer a más de 100 personas.

Hasta el año pasado el comedor proveía de un plato caliente de comida cinco veces a la semana a más de 120 personas, en su mayoría niños, aunque también a ancianos y adultos con discapacidades.

Pero la crisis económica que atraviesa el país ha pegado fuerte en los barrios más vulnerables y Floresta no fue la excepción. “Desde el año pasado que venimos remando, pero se nos van cerrando cada vez más puertas de ayuda”, comentó con tristeza Norma Serrudo encargada del comedor.

Promesas a medias

En julio de 2016 el intendente capitalino Gustavo Sáenz firmó un convenio con el gobierno nacional con el objetivo de recibir 114 millones de pesos que se destinarían a obras de desagües, cordón cuneta, pavimento para las calles principales, forestación, puesta en valor de espacios verdes y un muro de contención sobre la ladera del cerro en villa Floresta.

El proyecto estaba previsto en dos etapas: en la primera, contemplaba la construcción de un muro de contención de sedimentos del cerro que tendría un mirador, ciclovías y paseos. Por otro lado, se reubicarían las líneas de alta tensión que pasan por el lugar y que generan un alto impacto ambiental.

A tres años de este anuncio los vecinos indicaron que “de las obras prometidas solo se hizo el agua” y que “prometieron asfalto y cloacas pero después dijeron que con la plata que tenían no les alcanzó”.

Respecto a las calles Serrudo contó que solo pusieron asfalto calle de por medio y en la avenida Hermenegildo Diez, que es la arteria principal del barrio.

Los desagües no existen y los vecinos deben tirar el agua sucia en las mismas calles, mientras que en los fondos de sus casas construyeron cámaras sépticas.

Solo en la zona central de villa Floresta, que es donde se ubica el comedor El Buen Samaritano, viven alrededor de 700 familias.

Contexto difícil

“Cada vez vienen más niños, por la situación económica” indicó la encargada del comedor, lo que le llevó a afirmar “no damos abasto”.

Las tareas que realiza el comedor benefician a los chicos que viven en un radio de siete u ocho cuadras alrededor del mismo, que está ubicado en el corazón de la villa pero el contexto económico hace difícil seguir con una tarea que se torna día a día más difícil.

“No me alcanza la mercadería, a pesar de que me colaboran me es imposible”, contó Serrudo. Es por esa razón que a la mercadería “la cuidamos como oro” agregó.

Quienes asisten al comedor relataron que cada vez hay más familias sin trabajo y el hambre golpea a la puerta de los vecinos.

Debido a que en el lugar no entra la totalidad de los beneficiarios del comedor muchos de ellos se llevan su vianda a su casa y en algunas ocasiones ingresan al pequeño salón en la casa de Norma por tandas.

“En marzo la gente que me ayudaba comenzó a decirme que ya no me podían dar una mano”, indicó la mujer quien también relató lo difícil que es para algunas familias pensar en un futuro para sus hijos.

“Acá vienen chicos de muy bajos recursos, que no pueden hacer nada, ni jugar a la pelota”, apuntó Norma y sintetizó: “qué futuro puede darle a un hijo un padre que no tiene trabajo”.

Además con tristeza contó que hubo casos de chicos que hace algunos días no pudieron jurar a la bandera en el acto del 20 de junio porque sus papás no tenían plata para hacer frente a los gastos que implicaba el acto para cada chico.

Las personas que colaboran con el comedor El Buen Samaritano. Foto LA GACETA

Combatiendo las desigualdades

Hace diez años Norma, junto a algunos vecinos, decidió organizar un festejo del día del niño. Esa vivencia le generó el deseo de abrir  un merendero que comenzó funcionando los sábados en su casa.

Al cabo de algunos meses abrió un comedor que durante todo este tiempo se mantuvo a base de donaciones.

Luego comenzó a recibir ayuda de la organización Barrios de Pie, quienes le donan unos 20 bolsones mensuales, pero que no son suficientes para combatir el hambre en el barrio.

“Antes eran entre 70 y 80 los que venían”, manifestó Serrudo y agregó que” ahora son más de 120 y no dejan de sumarse”.

Durante algún tiempo se realizaban capacitaciones para mujeres en pintura para tela, marroquinería, entre otros oficios pero ahora lo urgente es que los vecinos no pasen hambre.

Tampoco este año pudieron comenzar con las clases de apoyo escolar para los chicos ya que no cuentan ni con los elementos de librería (lápices, cuadernos, hojas, crayones) para realizar esta tarea.

Otra actividad que se dejó de lado fue el merendero, ya que no se cuenta ni con pan ni con harina para hacer pan y “no se le puede dar anchi todos los días a los chicos” indicó la encargada del comedor.

Norma Serrudo está al frente de un comedor hace diez años. Foto LA GACETA

Una historia de lucha

Norma Serrudo tiene 52 años y para ella la vida no ha sido nada fácil. La necesidad la llevó a solicitar comida en comedores barriales durante algún tiempo y al ver que en muchos de ellos las persona sufrían maltrato o desprecio decidió abrir las puertas de su casa para que los chicos tengan donde comer.

Hace 36 años que vive en villa Floresta y tiene cuatro hijos, aunque fue madre de seis. Dos de ellos fallecieron.

Durante su vida trabajó vendiendo cosméticos y ropa. Su último trabajo fue de empleada doméstica y con su sueldo compraba mercaderías para el comedor.

Pero hace meses se quedó desempleada y ahora no tiene ni para sacar plata de su bolsillo para los ingredientes de las comidas.

Hace algunas semanas vive junto a su familia Maicol, un adolescente a quien sus padres abandonaron y que dormía dentro de un auto abandonado. Norma lo adoptó con la condición de que estudie.

Seguir a pesar de todo

La realidad golpeó con dureza a los vecinos de villa Floresta en el último tiempo y el comedor no fue la excepción. Durante la semana pasada solo abrieron el lunes y el martes porque no tenían recursos para cocinar los otros días.

“Íbamos a cerrar, ya no sabemos qué inventar”, contó Norma quien recibe la ayuda de siete madres del barrio que la ayudan a cocinar.

Además agregó que esta situación le genera mucha tristeza. “A veces digo que no puedo más pero no voy a bajar los brazos”, dijo.

Por otro lado apuntó que “quisiéramos darle más a los chicos así al menos están con la panza llena un rato”.

Pese a las dificultades Norma concluyó que “cuando uno hace las cosas por amor, esto te llena el alma” y que “los chicos son mi motor para seguir”.

Para colaborar con Norma te podés contactar al 3874126177

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