Coronavirus: Pensemos juntos un domingo de cuarentena (parte II)

Un espacio para la reflexión.

29 Mar 2020

DE NUESTRA REDACCIÓN EN TUCUMÁN.-

Y en el medio de todo, el sexo

Por Mileva Pavicich - psicóloga / sexóloga

Vivimos sin duda bajo una modalidad cotidiana diferente. Que estemos privados de sociabilizar es un cambio rotundo que afecta directamente a la esfera individual y familiar. Los vínculos están en el tapete. Si los lazos están sanos y hay buena predisposición la convivencia será positiva. En cambio, cuando en el grupo circula la agresión naturalizada en el trato, el aislamiento puede acrecentarla. Esa es la otra cara del coronavirus: en hogares donde el maltrato es diario (o se convive con gente adicta) los roles y los estereotipos se fortalecen. No hay que olvidarlo: que fluya el afecto es un privilegio.

Por otra parte, con la cuarentena cambió el foco de pensamiento. Antes, la atención estaba en crear planes por adelantado. Hoy, la vida está anclada en el “aquí y el ahora”. Esto nos ayuda a pensar menos, a estar presentes y a registrar nuestras necesidades básicas, las cuales en el pasado yacían tapadas ante tanto consumismo y responsabilidades. El aislamiento es, sin duda, una invitación hacia la introspección. A reflexionar sobre cómo vivimos, nuestras prioridades y los lazos creados. Y al lado habita la conciencia social. Un camino que permite reconocernos como seres sociales por naturaleza, con la necesidad de un contacto con el otro.

¿Cómo atraviesan las parejas la cuarentena? Hay quienes pusieron el sexo en el freezer y les quedó muy cómodo. Todo depende de la intensidad de la vida erótica que llevaban con anterioridad al virus. Hay parejas que además de no besarse, ni siquiera se miran. En otros casos, muchas relaciones intentan rediseñar su vida sexual para que el deseo no sucumba. Entonces apelan a la creatividad y se animan a jugar; ya sea incorporando sextoys o a través de chats eróticos.

En los jóvenes que recién están conviviendo, la energía propia de la juventud les da alas para mantener viva la pasión, pero también están más atados a las redes y pueden surgir conflictos por hechos relacionados a la desconfianza o la invasión de la privacidad. Sumado a la aparición de temas que se mantenían tapados. Una cuestión es que cualquier decisión que cambie el rumbo debe esperar, porque es imposible irse de casa ante una pelea o desenlace similar.

Hay mucha gente que vive sola y tenía sexo ocasional (o relaciones sin compromiso afectivo) y se ven impedidas para seguir. Cuando reemplazar ese espacio con ocio o trabajo no alcanza, la autoestimulación es saludable para canalizar y satisfacer las fantasías.

El tema se torna más delicado en los adolescentes. Ante la falta de educación sexual formal y el celular -junto al componente adictivo que tiene el placer sexual- ellos pueden perderse horas en un mundo de sexo ficticio que les muestra actos irreales. El resultado: hay una distorsión en las relaciones y en la forma de acceder al sexo. La adolescencia se transita en medio de dudas sobre la propia identidad y las preferencias sexuales, por lo que el porno irrumpe en la psiquis ya alborotada. Es importante como adultos no dejar de mirar este aspecto y hallar el modo más directo y sincero de conversar. El cibersexo, el sexting y el grooming se aprovechan de la cuarentena, a sabiendas del tiempo libre.

Ampliando la mirada, las conductas de los tucumanos hablan de una conciencia social que nos atraviesa (excluyendo algunas resistencias). Como sociedad estamos frente a una modificación de paradigma. Hay que pensar en la pandemia como oportunidad para observar la forma en que nos dañamos y habitamos el planeta.

Cuando necesitamos saber qué pasará mañana nos desconectamos del hoy, lugar en el cual podemos lograr la verdadera transformación; sin promesas repetidas que recién se cumplirán al “acabar este malestar”. Cuando veamos las necesidades de los más vulnerables, la muerte aparezca frente a nosotros y cuidarnos sea lo que nos mueva... Entonces -solo ahí- volveremos a empezar.

El poder de lo que no vemos

Por Gisela Juliano - astróloga

“Todo respira al unísono”. La frase corresponde a Plotino y es luego resignificada por Carl Jung, quien decía que nuestra psique está sincronizada con la estructura del universo. Lo que sucede en el cosmos sucede igualmente en los rincones infinitesimales de nuestra subjetividad. Este acontecer no se reduce solo a los individuos sino también a los procesos sociales, políticos y globales. Aquí aparece la astrología como lenguaje y cosmovisión que viene a interpretar estas sincronicidades entre cosmos e individuos, entre cielo y sociedades.

Un malentendido frecuente consiste en ubicar a la astrología en una posición causalista, asumiendo erróneamente que un planeta o un tránsito “causan” algo. Los astros no causan nada, son como las agujas de un reloj en las que podemos leer las horas del cielo y de la tierra. La diferencia con las agujas del reloj reside en que la astrología no se preocupa por la linealidad del tiempo (esto pasó ayer, esto pasa hoy y esto pasará mañana). La astrología tiene herramientas valiosas para comprender y alumbrar ciclos; cada cosa que ocurre forma parte de un proceso que encuentra antecedentes históricos.

Días atrás, Emmanuel Macron declaró que estamos en una guerra en la cual no luchamos ni contra una nación ni contra un ejército, sino contra un enemigo invisible y evasivo que avanza. Naturalmente se refería al coronavirus y a la crisis sanitaria desatada a nivel mundial. Este enemigo invisible precisa de nuestros cuerpos para hacerse visible, no solo en la forma de síntomas severos que afectan nuestra subsistencia, sino visibilizando dinámicas que, tanto en la esfera personal como en la colectiva, están poniéndose en crisis.

Este ciclo actual de profunda crisis e incertidumbre globales encuentra similitudes astrológicas con tres ciclos acontecidos en el siglo XX: 1914-1931 con la Primera Guerra Mundial y la depresión del 29; 1947-1965 que trae la Segunda Guerra Mundial, el inicio de la Guerra Fría y la instauración de la República Popular China bajo el liderazgo de Mao Tse Tung, quien inicia una “Revolución Cultural”; 1982-2001, cuando comienzan los conflictos con los grupos fundamentalistas religiosos que culminan con el atentado a las Torres Gemelas. El comunismo comienza a experimentar su ocaso y propicia la caída del Muro de Berlín. Mientras tanto comienza a vislumbrarse una nueva China, fogoneada por Deng Xiaoping, que pronunció su famosa frase: “no importa que el gato sea negro o blanco, mientras cace ratones”. Se inaugura así un proceso de modernización sustentado en un partido único con una economía abierta, capitalismo y comunismo en la misma ecuación, algo impensable e imposible para nuestra visión occidental polarizada.

¿Qué tienen en común estos ciclos con el presente? Un evidente cambio en la forma en que se están organizando las estructuras de poder a nivel colectivo, con las consecuentes crisis y rupturas que esto conlleva.

Hace un tiempo que el mundo está mirando la guerra comercial entre Estados Unidos y China, a partir de su ingreso en 2001 a la Organización Mundial de Comercio. Los analistas geopolíticos han advertido un cambio hegemónico que pone en el centro de la escena a China, que lleva ya 40 años de economía de mercado, régimen comunista y revolución cultural. En una conferencia en la Universidad de Chicago en 1989, Francis Fukuyama anunciaba el “fin de la historia”. Su idea planteaba que sobre los escombros de los totalitarismos de izquierda y derecha, sobre las caídas de las dictaduras sudamericanas y una agonizante Unión Soviética, la democracia liberal y el libre mercado se levantaban como única aspiración política razonable. Sin embargo la historia, lejos de terminar, estuvo siempre en marcha y lo que hace 30 años era un optimum optimorum indiscutido hoy se encuentra en profunda crisis y desconcierto.

El enemigo invisible está poniendo a prueba el sistema, está haciendo visible sus fallas y nos está colocando en la antesala de un cambio de paradigma. Los primeros resultados arrojan que los países asiáticos están controlando con mayor éxito la pandemia mientras Europa está de rodillas. Los países de Asia, con China a la cabeza, de fuerte impronta autoritaria y vigilancia digital, están superando con creces los desafíos de la pandemia. Como diría Byung Chul-Han, filósofo surcoreano, “las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, también los informáticos y los especialistas en macrodatos”. Este cambio de paradigma aún no ha llegado a occidente, donde la conciencia crítica ante la vigilancia digital es alta y legalmente inviable, solo por ahora.

Son tiempos en los que prevalece la incertidumbre, las encuestadoras no pueden prever resultados electorales, los economistas no pueden anticipar crisis ni los astrólogos pandemias. Estamos en un punto de inflexión importante donde los oráculos se cerraron, los gurúes están en cuarentena y un viejo sistema se derrumba, aunque aún resiste sobre su propio eje. Richard Tarnas, historiador cultural, profesor de filosofía y psicología del California Institute of Integral Studies (CIIES), afirma que las transformaciones que resultan exitosas necesitan pasar por una zona de incertidumbre, donde la tensión psicológica y existencial permita desarrollar la musculatura necesaria para crear nuevos paradigmas.

Si estamos viviendo tiempos de una gran complejidad el desafío es discriminar hasta qué punto las categorías con las que estamos configurando y entendiendo la realidad son profundamente anacrónicas: izquierdas versus derechas, materialismo científico versus paradigmas integrativos, cooperación versus competencia y, por ello mismo, insuficientes para abrir caminos a las respuestas que necesitamos.

Solos frente al espejo

Por Mario Caria arqueólogo / docente

Los dos primeros días de cuarentena fueron una explosión de memes, mensajes, videos catastróficos rayando en la pornografía, fotos de amigos bebiendo toda clase de “alcoholes”, hermanas y amigas enviando cadenas de oraciones; en fin, una actividad inaudita en los grupos de Whatsapp y un frenesí de 48 horas casi sin dormir con el celular en la mano. Debo confesar que mi ingesta de alcohol se incrementó de igual manera, hoy y después de una semana de encierro. Debo decir que las botellas vacías han comenzado a acumularse en la cocina como muestra material de un relicto milenario, y tan ajeno a nuestros tiempos modernos, como lo es el terror al aislamiento (soledad) y la incertidumbre de lo inmediato.

Acostumbrados a la interacción permanente, obligados en la mayoría de los casos por nuestros trabajos y las redes sociales, nos vemos supeditados a comunicados oficiales que nos sugieren u obligan a nuevas formas de interacción: fundamentalmente con la de nuestra propia conciencia y humanidad. Todo aquello, precisamente, de lo que huimos casi constantemente para no vernos en el espejo de nuestra propia realidad.

Así como las botellas se han ido acumulando, contrariamente la actividad y la euforia en las redes han ido menguando sustancialmente. Como en todo, la novedad deja paso al acostumbramiento y así la vida sigue su curso, ahora con un miedo incorporado pero ya no tan latente.

Como arqueólogo, si en 500 años alguien excavara las ruinas de mi departamento y encontrara las botellas acumuladas deduciría, y con justa razón, que en él vivía un alcohólico o bien que eran ofrendas realizadas por un chamán para apaciguar la furia de la peste registrada en los documentos escritos del fatídico año bisiesto 2020. Como sea, las interpretaciones de los hechos son percibidas según el marco socio-cultural de la persona que los analiza (de hecho no soy ni alcohólico ni chaman). Un psicólogo, un biólogo, un sociólogo o un médico tendrán una visión o percepción de esta cuarentena y del mundo que se avecina según sus propias creencias (ya que a la subjetividad en estos eventos catastróficos no podemos dejarla de lado) o su marco conceptual con el que investiga (tratará de analizarlo más objetivamente).

En la mayor parte del mundo las actividades se han parado o se han visto restringidas, en otras sus líderes recurren al “detente” (como el presidente de México), en otros consideran que los viejos estarían felices de morir para seguir sustentado el “sueño americano”, todo en pos de mantener sus hegemonías económicas a resguardo de una peste que al fin y al cabo “sólo matará a unos pocos”. Una vez más, diferentes formas de percibir a la humanidad y fundamentalmente de percibirse como humanos (con o sin humanidad).

Un elemento más en la ecuación: la empatía. Queda claro que la cuarentena (su cumplimiento o no) deja al descubierto qué tan empáticos somos con el prójimo. Un amigo me preguntó si esta peste mundial podría generar un cambio de conciencia en la humanidad; le respondí que no, no lo creo, mientras las hegemonías económicas y de decisión de poder continúen estando en manos de aquellos que prefieren viejos muertos (y no muertos viejos) como sustento de estilos de vida caracterizadas por el despilfarro de los recursos y el desprecio por el ambiente, seguiremos igual. O aún peor, ya que con el pretexto de una terrible recesión económica aprovecharán para limitar y someter las libertades individuales y esclavizarnos aún más en pos de pingües beneficios para unos pocos en desmedro de la abrumadora mayoría de la humanidad.

Quizá dentro de 500 años arqueólogos intergalácticos encontrarán las ruinas de un mundo diezmado por una peste, pero no será seguramente por la del coronavirus, sino por la de la avaricia y la apatía.

Un nuevo punto de partida

Por Diana Ferullo - historiadora

El primer día de cuarentena obligatoria fue de angustia y pocas horas de sueño. El segundo, de adaptar mis actividades cotidianas a la nueva realidad. Establecí como prioridades estar un rato al sol que da sobre mi balcón por las mañanas, comprar frutas y verduras, abastecerme de agua mineral en cantidad. Intenté no forzarme en ninguna actividad. Tenía que limpiar profundo y con lavandina, eso era seguro. Leí capítulos de tres libros a la vez, pinté mandalas, hablé por teléfono con amigos, pauté una sesión por Zoom con mi analista, medité. Empecé a bucear las redes en búsqueda de estímulos estéticos y recaí con gracia en las visitas guiadas de la muestra de Remedios Varo en el Malba, descubrí a @soyreunion en Instagram y sus clases de yoga gratuitas. Fue un proceso de identificar aquellas herramientas que me iban a generar bienestar y compartirlas con otros de manera virtual. Me contacté con mi directora de tesis doctoral y con una integrante de mi comisión de supervisión. Ambas me enviaron escritos para que los corrigiera e intercambiáramos pareceres. Los dos textos, de gran potencia y sensibilidad, me inspiraron, me hicieron encarnar de vuelta mi trabajo con la historia.

El cese de la pandemia es entre todos y en una dirección unívoca: restringir al máximo la circulación de nuestros pasos. Es una acción de responsabilidad individual con impacto global. Es hoy nuestro único mandamiento, y sin embargo el número de detenidos por violarlo supera con creces al número de infectados por coronavirus. A pesar de estos díscolos, somos más los que tenemos conciencia del compromiso que implica quedarse en casa y de la necesidad de apuntalar los miedos y angustias de los que sí salen a poner el cuerpo y la vida en pos del colectivo social. Son también tiempos propicios para los gestos políticos. La donación de una parte de sus sueldos anunciada de manera aislada por algunos dirigentes y altos funcionarios del Estado quizás debería ser un común denominador a todos ellos, cuando el aparato productivo del país se encuentra paralizado. Estamos vivenciando a nivel mundial los costos del desmantelamiento del Estado de Bienestar en una situación de profunda crisis. La salud como derecho ciudadano, cuestión pública y bien colectivo nos interpela en pos de la sensatez, de la educación que se imparte y se contiene desde casa con la presencia ineludible del Estado.

El mundo de nuestro futuro inmediato requiere replanteamientos sólidos y consensos globales más horizontales e inclusivos, quizás reformulando organismos de cooperación y coordinación internacional. El “nadie se salva solo” y “hay que terminar la grieta entre lo público y lo privado” apelan a la reconfiguración de sistemas de salud como el estadounidense, en el que una persona sin seguro médico e infectada con coronavirus recibe junto con el alta médica, una factura por U$S 35.000 absolutamente inviable de pagar. El acceso a la salud y el amparo y generación de nuevos puestos de trabajo serán desafíos ineludibles para Estados con economías tan debilitadas como los pulmones de los infectados por la pandemia. Los presupuestos deberán poner el foco en las prioridades esenciales de alimentación y vivienda, que son las que preocupan hoy a los más desprotegidos, a los sectores inmersos en la desocupación y la informalidad laboral. Asimismo, apuntalar las inversiones en ciencia y tecnología capaces de brindar soluciones estratégicas. Por último, y no menos importante, apelar a que el arte y la cultura reafirmen el rescate emocional de los angustiados por el encierro, la muerte y la economía del porvenir.

Ahora que el mundo oscurece

Por Verónica barbero - escritora

En estos días siento algo incomunicable, tal vez una necesidad de justicia soberana. Me nace escribir una fábula, sentar en el banquillo de los acusados al murciélago del que hablan y arrinconarlo hasta que cante los nombres uno tras otro, y si trata de humillarme o burlarse de mí, se lo doy a mi abuela para que lo descuartice. Ella sobrevivió a seis hijos y se distrajo de suicidarse haciendo sopa para los otros que le quedaban. Ella sabe dónde va el dolor, para preparar su caldo le sacará los ojos al murciélago, veremos si son azules de gringo o rasgados. A pesar de todo él no necesita ojos, seguirá por ahí sobrevolando como si muerto estuviese liberado de dar las explicaciones del caso, si tiene algo que ver con el exterminio de ancianos. La ciencia versus la ciencia. Se rebelarán contra los límites conocidos los ciudadanos comunes que igual lo someterán al Juicio Final y acaso lo declaren culpable.

Aquí estoy en el punto crítico, ya no hay retorno.

Escribo en este tiempo quieto donde los relojes marcan miedo, amor, amor, miedo. Los trozos del día en el que me contraigo son los del miedo, todos son enemigos potenciales, veo la vida sin esperanza.

En los momentos de amor me expando y puedo leerles un cuento a los chicos por videollamada o hacerle las compras al vecino. Escucho en la cola del súper a una señora decir que el coronavirus se les mete a los que viajan a Europa y que en su barrio lo peligroso es el dengue. Cuando todo pase diré que me nació gritar en el súper pero no grité.

Es tiempo de rituales. Hay muchas cosas que ya no sirven, no encajan. Construyo mi altar para activar las ceremonias que renueven mi memoria y me recuerden enseñanzas ancestrales almacenadas en lo más recóndito, que honren a la Tierra donde el saber de los ancianos sea venerado. Los huesos y las piedras tienen memoria, recordarán el miedo. Las imágenes de una guerra nos trasmiten acerca del acontecimiento, de un estallido, pero lo crucial de una guerra o de una catástrofe es lo que sucede después, en la escena de la vida familiar.

Ayer alguien me dijo lo conmovida que estaba de ver las aguas cristalinas de los canales de Venecia; que de ahora en más, y de forma voluntaria, deberíamos parar por una semana el planeta entero. -Sí. Igual que la madre tierra, voy a deshacerme de todo lo que no tenga significado para mí- pensé.

No es ridículo volver a lo natural, a consumir lo que nuestros antepasados nos enseñaron a cuidar y guardar. Retomar la esencia comunitaria de la vida es lo que nos hará superar el encierro. Estamos privados de nuestra libertad, reflexiono sobre los que viven en este estado ya hace mucho tiempo.

No hay finales felices ni trágicos, se trata de girar el dial para recibir otras frecuencias. “En medio del invierno, había dentro de mí un verano invencible” reza la frase de Camus en el pequeño cuadro en la mesa de luz junto a mi cama. Nuestro comportamiento dentro del aislamiento va forjando costumbres, elijo las menos desastrosas, me obligo a hacer profundas respiraciones todas las mañanas y a la tarde es el tiempo de orar, como musulmana me arrodillo hacia una Meca y doy las gracias a una entidad cualquiera.

Ahora que el mundo oscurece, le pido al murciélago que me enseñe su don para ver los sonidos que nos permitan crear la imagen mental de una nueva Tierra donde plantar bandera.

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