“Es muy difícil ser libre sin tener un pensamiento crítico”

El intelectual porteño dice que la pandemia acentuó las tendencias latentes y observa un cansancio con las noticias que no informan

24 May 2020

Daniel Molina (Ciudad de Buenos Aires, 1953) es uno de los primeros intelectuales argentinos que se animó a conversar en las redes sociales. Y lleva muy bien su cruzada en esa jungla, a juzgar por la popularidad de su cuenta de Twitter (@rayovirtual), y por el hecho de que en sus publicaciones habita lo contrario a la salida fácil y demagógica. Este crítico de arte; columnista; autor del libro “Autoayuda para snobs. Diálogos en una cafetería moderna” (2017); ganador de un premio Konex, y divulgador de la obra de Jorge Luis Borges y de Friedrich Nietzsche reivindica sobre todas las cosas la libertad, quizá porque estuvo preso una década por la violencia política de comienzos de los años 70. También por eso, Molina se resiste a los encasillamientos y defiende la racionalidad, llámese inteligencia o cuarentena. Y al analizar fenómenos fundados en emociones, como la grieta, recuerda: “es muy difícil ser libre de uno mismo sin tener un pensamiento crítico”.

Por teléfono, este viernes, el intelectual explica que la pandemia acentuó en todos lados las tendencias que estaban apareciendo. Y entre ellas detecta el cansancio con la información de mala calidad. “Nos saturan las noticias que no nos informan”, define. En otro tramo del diálogo, dice que la crisis sanitaria reveló que los argentinos somos más capaces de lo que creíamos de actuar en conjunto y solidariamente: “y somos capaces de cuidarnos. Y eso que no nos parecemos a los coreanos: nuestra cultura es más anarquista. Pero los argentinos estamos dando una buena respuesta”.

-Usted propuso poner un ritmo de la semana con rituales agradables. Con el mundo cerrado, ¿es urgente armar un mundo propio?

-Yo estuve preso casi 10 años: entré a la cárcel a finales del Gobierno de “Isabelita” Martínez de Perón (1974-1976) y salí una semana antes de que terminara la dictadura gracias a un decreto. Tenía una causa muy trucha y mal hecha armada por la Justicia militar. Entonces, antes de irse, los militares agarraron los 40 procesos más sucios y adelantaron las liberaciones: mi condena duraba cinco años más. Sé lo que es estar aislado del mundo y sobrevivir en una situación así. Y una cárcel es peor que la casa de uno. Uno debe armarse de paciencia; convencerse de que las cosas van a mejorar y crearse rituales propios, que sean positivos. Si nos tiramos a no hacer nada y a la depresión, la cuarentena nos va a matar. Por eso yo hablo de tener rituales positivos en la medida de lo posible. El hecho de estar presentes y de contarnos las cosas tontas de cada día de encierro nos hace bien.

-Usted contó que con su pareja hace el aislamiento en casas separadas. ¿Cómo lleva la comunicación virtual?

-Yo adopté internet y la virtualidad apenas aparecieron en la década de 1990: hace casi 30 años que estoy metido en esto. Incluso escribí y reflexioné sobre la cultura web, de modo que, para mí, lo virtual es parte de la vida. Lo que hizo la pandemia, como decíamos, es acelerar la tendencia de la digitalización. El día de mañana vamos a poder elegir cuándo salimos, pero nuestras comunicaciones y compras van a ser más electrónicas, y menos en un lugar físico compartido. Va a disminuir lo que conocimos como las viejas fábricas u oficinas.

-The New York Times hizo una producción especial sobre la alegría, con la convocatoria a un grupo de escritores. Pregunta: ¿la pandemia también generó la necesidad de pensar en la importancia de la sonrisa?

-Yo soy muy partidario de apostar a la alegría. Hoy, por ejemplo, estaba limpiando mi casa y resulta que mi perrito, que es muy simpático, tiene la costumbre de meterse adentro de la cama cuando la estoy haciendo. Le digo: “¡estás todo el tiempo fuera de la cama y, cuando la hago, te metés!” Y ese reproche hizo que entrara todavía más. Es una anécdota tontísima, pero me cambió el día. Ese clic del absurdo, ese momento ínfimo con un animalito, nos hace bien. Saquemos del análisis las situaciones desesperantes desde el punto de vista de la salud y económico, como la que atraviesa la gente que vive al día o en las villas, el otro 70% de la población argentina en realidad tendría que hacer un clic mental para pasar esta etapa por lo menos un poco mejor. Les digo una cosa: lo peor está por venir, no tanto por la pandemia. Todavía estamos viviendo la fase suave de la caída económica.

-El coronavirus trajo una “infodemia”. ¿Cuánto tardará la vacuna contra la desinformación?

-Una cosa que advierto en las redes sociales y los cursos con participantes de 17 países que doy es que todo el mundo dice que está saturado, en especial de las noticias cuyo contenido no tiene nada que ver con el titular. Hay una crisis del cliqueo que ayuda a los portales a sobrevivir frente a la amenaza que implican Google o Facebook, pero que, al final, cansa a la audiencia. Estamos saturados de tanta información que no nos informa y la consecuencia es que hasta los medios tradicionales están perdiendo público.

-Aún con excesos, ¿no es mejor que haya prensa a que no la haya?

-Por supuesto. Yo describo la tendencia de lo que está pasando. Los medios están tratando de luchar con armas que los están perjudicando, pero, al mismo tiempo, no tienen otras. Sabemos que la cuarentena trae malas consecuencias, pero sabemos que, sin cuarentena, tendríamos muchísimos muertos, que es lo que está pasando en Brasil. Lo mismo ocurre con los medios. Sabemos que están haciendo acciones para poder sobrevivir al impacto de la publicidad digital que se llevan los grandes monstruos de la concentración, pero muchas de las cosas que intentan no los está ayudando. Vivimos en democracia y, durante tres siglos, los medios de comunicación ayudaron muchísimo a consolidar el sistema. Por lo tanto, en abstracto, necesitamos una prensa robusta, que sea cada vez mejor, pero no es lo que está pasando.

-¿La pandemia ofreció al menos por un rato la visión de un país sin grieta?

-Grieta sigue habiendo igual. Es algo que existe: a los bandos de la grieta les pasa como a esas familias que se pelean cuando no sucede algo más grave. Cuando se está muriendo la abuela a la que todos quieren, paran de pelearse. Lo mismo ocurre acá. Ahora que todos tenemos que tomar alguna alternativa en conjunto para sobrevivir a un problema que no excede y que nos involucra en general, entonces, la pelea vieja no tiene sentido, por lo menos para la mayoría de la población. Un porcentaje más pequeño sigue peleando, pero ha quedado marginado.

-¿En qué medida la grieta y la desinformación muestran que emociones como el miedo están ganando la batalla a la razón?

-No es un fenómeno argentino, sino un fenómeno cultural de época. Todas las democracias transitan una grieta. Varias de las presidencias de los últimos años serían impensables sin ella: el triunfo de (Mauricio) Macri en 2015; el de (Jair) Bolsonaro; el de (Donald) Trump; el de Boris Johnson... A esto hay que sumar la aparición de una extrema derecha en Alemania, que tiene el 15% de los votos, o de Vox en España, que niega las conquistas jurídicas de los últimos 50 años. Todo esto no tendría predicamento si no hubiera el nivel de división que hay. Y muchas veces eso responde al triunfo de la libertad. Nunca fuimos tan libres como ahora; jamás tuvimos tanta posibilidad de decir cosas ni medios para decirlas. Y parece que, cuando nos dan tanta libertad, nos gusta pelearnos. Escribí una columna hace dos sábados que se titulaba “somos animales (racionales)”. Eso está muy estudiado por Daniel Kahneman, ganador del Nobel en 2002, en su libro “Pensar rápido, pensar despacio”. Lo que él muestra es que, cuando pensamos despacio, somos racionales, y, en general, actuamos bien. Pero la mayoría de las respuestas que damos son automáticas. Es como cuando manejamos un auto: al principio, prestás atención, hacés todo despacio y lo pensás, y, cuando llevás 10.000 kilómetros, hacés todo sin pensar. Así funciona nuestro cerebro cuando damos respuestas automáticas. En muchísimos casos, las respuestas automáticas no son peligrosas e, incluso, pueden ser acertadas. Pero, cuando surge un problema, esa respuesta automática es engañosamente racional e irracional: lo que Kahneman y otros llaman los sesgos. El mayor de los sesgos es el de confirmación, que hace que los seres de humanos, hasta los que sabemos que existe, caigamos en él, y es que preferimos escuchar noticias e información que confirman nuestras creencias previas, y desechamos lo que las cuestionan. Esto vale para cualquier persona en cualquier lugar del mundo y de cualquier nivel cultural.

-¿De dónde viene?

-Cuando éramos monos que estábamos saliendo de las sabanas y empezando a ser los primeros homínidos, formar parte de la manada para poder atacar o defendernos era más importante que la razón de lo que estábamos pensando. Ese sesgo de confirmación me da fuerza para estar dentro de un grupo: por ejemplo, ser kirchnerista o antikirchnerista. Ese sentimiento tribal es el que todo el tiempo nos está engañando y nosotros no nos damos cuenta porque somos de River y, entonces, vemos la realidad así.

-¿Verdaderamente libre es aquel que es crítico?

-Yo diría que es muy difícil ser libre de uno mismo sin tener un pensamiento crítico. Bertrand Rusell dijo que la mayoría de las personas prefiere morir antes que pensar y, en verdad, es lo que hace. También dijo que la mayoría de las personas cree que le interesa conocer cosas, pero, en realidad, no quiere conocer, sino tener certezas, y las certezas son las enemigas del conocimiento. Porque el conocimiento se basa en dudas; en criticar y, recién, cuando uno encuentra muchas pruebas consistentes, en afirmar. Por eso la ciencia siempre afirma algo, pero duda y sigue buscando pruebas. Ese tipo de pensamiento es muy escaso: el predominante está basado en cuestiones irracionales y en sentimientos. A veces eso no es ningún problema, pero, cuando esa misma emoción nos lleva a pelearnos con otros por algo irracional, sobre todo en política o en religión, ya es un problema social.

-¿De qué sirven Borges y Nietzche en estos tiempos de coronavirus?

-En todo tiempo siempre sirve la inteligencia. Y vos nombraste dos de las personas más inteligentes que hubo jamás, de modo que siempre sirven. Además, está el placer de saber. Saber que mis certezas están mal puede ser algo que no me sirva o que me cause dolor porque quería que algunas cosas funcionaran como había imaginado, pero, desde el punto de vista del conocimiento, eso me da el placer de saber que yo todavía soy capaz de cuestionar incluso aquellas cosas que creía que tenía razón y no la tenía. Borges sigue siendo una persona que no sólo es un placer literario leerlo, sino que es un faro de inteligencia. Y de Nietzsche ni hablemos.

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