Fueron cerca de siete años de angustia, de sufrimiento, de incertidumbre, de esperanzas y desilusiones que vivió la familia Solano desde la desaparición de Daniel, el trabajador golondrina salteño que desapareció el 5 de noviembre de 2011 en Río Negro.
Un reclamo por falta de pago y explotación laboral le costó caro al joven de 27 años que viajó a la Patagonia para trabajar en la cosecha de frutas, imaginando un futuro mejor lejos de su Tartagal natal, pero que nunca se imaginó que iba a ser víctima de una red de explotación laboral.
Hoy en General Roca se conocerá la sentencia contra siete policías acusados de ser los autores materiales de la desaparición y muerte de Daniel Solano, hecho que significará un nates y un después en la vida de esta familia perteneciente a la comunidad originaria guaraní de Chereta.
“Estamos con confianza y ansias de q la sentencia sea justa, que es lo que ha pedido mi tío Gualberto en tantos años de lucha, que se haga justicia”, resumió Romina Solano, prima de Daniel, quien está en el sur para presenciar el fin del juicio junto con Maira Solano (tía de la víctima) y Julio Solano (primo).
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La referencia a Gualberto Solano, padre de Daniel, es inevitable. EL hombre dejó la vida por hacer justicia por su hijo y no es una metáfora. Murió el pasado 3 de abril, con el juicio ya iniciado, producto de un inconveniente de salud, aquejado por el dolor y los permanentes viajes de norte a sur de la Argentina.
GUALBERTO SOLANO
“Hemos vivido con mucha tristeza y dolor y esto no cerrará la herida porque siempre digo que hemos perdido a dos seres queridos, Daniel y mi tío Gualberto, y eso no va a cerrar aunque la sentencia sea la esperada”, explicó Romina resaltando que nunca volverán a estar contentos ni felices.
Además del dolor propio de la pérdida, la familia Solano se enfrentó a la impotencia de sentir que el avance de la causa era nulo y parecía remar contra la corriente. “Sentíamos bronca de ver que la Justicia no investigaba como correspondía y que la policía misma fue encubriendo lo que en realidad había pasado con Daniel”, contó a LA GACETA.
Las complicaciones y el lento avance del inicio de la investigación los hizo pensar que no iban a lograr justicia, más aún cuando advertían que estaban enfrentándose a empresarios poderosos y a una trama que incluía delitos como la trata de personas y el narcotráfico.
“La empresa multinacional Expofrut es la mayor exportadora de frutas del mundo y, a través de AgroCosecha iba al norte, a localidades como Mosconi, Tartagal e incluso Alto La Sierra para captar obreros para llevarlos a trabajar al sur, esto encuadra en la trata de personas”, describió el abogado querellante Sergio Heredia a este medio.
La audiencia final está prevista que comience a las 10 de la mañana.
Así fue llevado Daniel a Río Negro, donde el problema comenzó cuando le pagaron solo el primer sueldo y organizó una protesta con el apoyo de cientos de trabajadores que eran explotados.
El miedo y la falta de apoyo
Romina confesó que a lo largo de estos años, por la complejidad del caso, sintieron miedo, sobre todo cuando su abogado fue amenazado pero Gualberto volvió a ser el faro que los guió: “mi tío fue muy valiente, nunca bajó los brazos en encontrar el cuerpo de Daniel, por eso seguimos adelante”, recordó.
La familia Solano se sintió sola en estos casi siete años de lucha y el reproche tiene un claro sentido: “Nunca tuvimos el acompañamiento de representantes políticos provinciales, ni de nuestra ciudad Tartagal, no sé por qué razón, quizá porque somos de una comunidad originaria guaraní y porque Daniel era aborigen”, lanzó Romina.
Los años de búsqueda y periplos judiciales generaron fuertes gastos económicos a una familia humilde como la Solano, por eso Romina reconoció y agradeció los esfuerzos hechos por su abogado, quien tuvo que dejar Tartagal para irse a vivir a Choele Choel en Río Negro para que la causa no perezca.
Así también destacó la ayuda recibida por parte del padre Cristian, de Viedma, quien supo darle alojamiento en varias oportunidades a Gualberto, para que pueda pasar las noches en una simple pieza pero sin costo alguno. “Con mi tía dormíamos en un acampe y todos comíamos en una parroquia”, agregó Romina.