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Soberón: “Toda antología es menos una radiografía que una selección caprichosa del autor”

En Tucumán se publicó El Puente, un libro que reúne veinticinco cuentos de autores de esa provincia. Entrevista con el escritor a cargo de la selección y el estudio preliminar.
03 Ago 2020
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Acaba de salir a la venta El puente, una antología de cuentos de autores tucumanos. Abarca varias generaciones y una gran diversidad de estilos y temáticas. En sus páginas se pueden encontrar las narraciones de: Juan José Hernández, Horacio Elsinger, María Lobo, Dardo Nofal, Máximo Chehín, Gabriel Guanca Cossa, Julio Ardiles Gray, Jorge Estrella, Sebastián Ganzburg, Daniel Dessein, César Di Primio, María Belén Aguirre, Rogelio Ramos Signes, Samuel Schkolnik, Florencia Méttola, Alejandro Nicolau, Osvaldo Fasolo, Sara Rosenberg, Lorenzo Verdazco, Tomás Eloy Martinez, Santiago Garmendia, Alberto Rojo, Hugo Foguet, Eduardo Rosenzvaig y Elvira Orphée.

Fabián Soberón es quien estuvo a cargo de la selección y el estudio preliminar y dialogó con LA GACETA sobre esta importante iniciativa. Al libro se lo puede adquirir en la revista digital lapapa.online accediendo a la sección La tiendita.

¿Cómo surgió la idea de armar este libro?

Una mañana de 2009, antes del almuerzo en el patio Bullrich (límpido patio de jugosas empanadas tucumanas), en la Plaza independencia, Sergio Gaiteri (Córdoba, escritor) me preguntó por los novelistas de mi generación en Tucumán. Me quedé tieso. No sabía qué responderle. Le dije que no conocía a ninguno, que los que había leído estaban muertos o sólo publicaban en otros lugares. La verdad es que, hasta ese momento, no conocía a nadie de mi generación.

Esta antología es un eco de aquella conversación en la Plaza Independencia. Para responder a la pregunta de Gaiteri, empecé una búsqueda de los narradores de Tucumán. No por un afán geográfico –la literatura no tiene nada que ver con la geografía— sino por una curiosidad personal y como una forma de armar un mapa íntimo y público de aquellos que viven en la esquina de mi casa y que, al mismo tiempo, escuchan las sirenas de la tradición rusa, norteamericana o islandesa.

Aunque empecé buscando a los autores más jóvenes, pensé que era mejor establecer un puente entre las generaciones. Es decir, sospeché que la reunión de autores tiene otra música si tocan juntos los más viejos y los más jóvenes, los “consagrados” (¿qué es la consagración en una provincia invisible?) y los desconocidos. El libro incluye autores casi secretos (Guanca Cossa, Di Primio y Méttola, por ejemplo) y autores que ya forman parte del microcanon de la zona. Aunque canon aquí es menos una tabla de logaritmos literarios que una forma barroca compuesta por Bach.

Se puede comprar esta antología  consultando en lapaparevista@gmail.com

¿Qué hay en común y que diferencia a los distintos narradores antologados? ¿Hay obsesiones en común o que hayan mutado a lo paso del tiempo?

Toda antología es menos una radiografía que una selección caprichosa del autor. Sin embargo, puede ser un mapa de lo que ocurre en la zona, una brújula afanosa del oficio. Sospecho que lo que abunda en el libro es la expansión de mis prejuicios como lector y la diversidad de estéticas. Desde el inicio del trabajo, busqué que el libro incluyera diferentes poéticas. Descreo de la idea de región. Sospecho que es más importante el estilo que la geografía. Al armar esta antología el pretexto era reunir autores nacidos en Tucumán. En realidad,  importa menos el lugar de origen de un escritor que hacia dónde se dirigen sus exploraciones formales y temáticas.

La antología pone en diálogo autores que por ser de distintas generaciones no hubieran conversado en La Cosechera real o en un suburbio de Roma en los 60. El libro los ubica en un banquete utópico: Florencia Méttola conversa con Dardo Nofal en 2020 y Alberto Rojo interactúa con Tomás Eloy Martínez y con Sara Rosenberg en una callecita de Madrid. El encuentro entre las páginas promueve que haya tensiones y diferencias de tono, de búsqueda estética, de construcción narrativa. Me parece que los autores tocan solos y, a la vez, tocan juntos en una banda que suena a música de su tiempo y a melodía que puede sonar hoy de otra manera. A la vez, la antología los coloca en una posición que no han elegido: tocar juntos para ver qué suena. El puente reúne a un escritor que recupera el Tucumán casi decimonónico con otro que juega con el ritmo pop y socarrón. También toca un escritor que disfruta de los ambientes sórdidos y nocturnos con otro que denuncia el maltrato laboral o las formas de la violencia en la dictadura; una escritora que reflexiona sobre la espera con otra que establece lo onírico como una dimensión de lo real, etc. Por otra parte, la colección permite ver que estos autores se han apropiado de la tradición de Occidente. Leen las corrientes, los recursos y las posibilidades estéticas de Europa, Rusia, Estados Unidos, Latinoamérica y hacen con eso su propia literatura. En ese sentido, en los cuentos de estos autores se escucha el eco de lo que ha ocurrido en el mundo occidental en los últimos 70 años. La antología incluye a Elvira Orphée –que nació en 1922—y a Gabriel Guanca Cossa, que nació en 1985.

¿Cómo dialoga la narrativa tucumana con la cuentística de otras provincias del noa y del país?

 

No hay dialogo. No existe una tradición tucumana. Para que exista una tradición no basta con que existan un sinnúmero de volúmenes publicados por autores de diversos orígenes. Es necesario que ese cúmulo de producciones literarias sea leído, conocido, sopesado y discutido por los lectores, los críticos, los estudiosos, los investigadores, los periodistas, etc. Es decir, las novelas, los cuentos y los poemas publicados por los autores nacidos o radicados en Tucumán aún no conforman una tradición sostenida –y por esa razón hablo de tradición invisible– porque no han sido suficientemente difundidos, leídos, discutidos, sopesados y puestos en la escena pública por las distintas instancias y los agentes del campo literario y cultural argentino y latinoamericano. No niego que existan las publicaciones. Sería ridículo hacerlo. Lo que digo es que estamos ante una tradición que aún no ha sido construida. Ese pasado no tiene presente y casi no tiene futuro (visto desde nuestro presente). Para que se pueda hablar de tradición se requiere que los críticos, los lectores y las instituciones doten de existencia, pongan en escena, discutan y legitimen ese conjunto diverso de producciones literarias. Es necesario que pongan estas obras en relación con el conjunto de las publicaciones argentinas y latinoamericanas. Eso no se ha hecho. Nada indica que no se lo haga y nada indica que se lo vaya a hacer.

En Salta se suele decir que esta es una provincia de poetas. Después de la poesía, se escribe más cuentos que novela. No sé si esta también es una característica de Tucumán.

Tengo la impresión de que ya hace muchos años que se escribe tanto narrativa como poesía. Esta percepción es parcial –como toda percepción– y, por supuesto, obedece más a mis limitaciones que a la realidad. De cualquier manera, creo que la idea de separar los géneros a veces ayuda y, a veces, no. En algunos autores nacidos en Tucumán, Mendoza, Santa Fe o Córdoba –en realidad no importa el lugar de origen sino hacia dónde se dirigen en términos estéticos– percibo una forma diversa e igualmente fructífera de incorporar en la prosa distintas maneras de concebir el lirismo: Di Benedetto, Daniel Moyano, Juan José Saer, Elvira Orphée hacen de la poesía el centro esquivo y dramático de sus preocupaciones narrativas. En estos autores se puede leer de qué forma piensan a la poesía en el ritmo de la prosa o en la construcción de atmosferas o como un elemento que signa la estructura de la frase. En autores como Jorge Consiglio, Gabriel Bellomo o  Elvio Gandolfo  la lectura de poemas –y la escritura de poemas– alimenta y hace más efectiva y penetrante la prosa que aparece en sus relatos y novelas. Y ya sabemos que esto no es una fórmula ni implica una herencia inevitable. Así que estaremos atentos para ver qué sucede con las sucesivas generaciones. En la antología se puede leer, al menos, qué ha sucedido con algunas generaciones en Tucumán.

¿Cuál es la situación actual de campo literario tucumano?

 

Nunca se tiene la suficiente distancia para hablar del presente. Necesitamos la lupa del futuro. Sin embargo, la literatura trabaja a veces con una función anticipatoria. No me refiero al arte de la adivinación sino a que, en ocasiones, se anticipa o muestra lo que está por venir. Me gusta pensar en la idea de la escritura literaria como la escena que incorpora relatos sociales del pasado inmediato o del presente y los convierte en futuro. Es muy probable que algunos autores, de forma secreta, estén indagando mejor que nadie las formas del hoy. ¿Cómo estarán leyendo –no lo más visible y obvio sino lo subterráneo y desconocido–  la trama compleja de la experiencia? Recuerdo una novela de Luiz Ruffato que narra en muchos capítulos inconexos historias paralelas que ocurren en diferentes lugares y tiempos de San Pablo, Brasil. La narración ubicua de Ruffato puede ser un ejemplo de esta idea: la literatura tiene la posibilidad de dar cuenta de la diversidad de la experiencia. Como dice Ricardo Piglia, en la sociedad circulan relatos y los escritores tienen una antena que descifra eso que a veces circula en el sótano. Quizás en los próximos años podamos leer cómo funciona la lógica del presente. ¿El presente tiene lógica? ¿Es una racionalidad que imponemos desde el futuro? Por el momento, siento que soy incapaz de percibir el orden oculto o el desorden silencioso que nos atraviesa. Por otra parte, en Tucumán, la revista La Papa publica mes a mes una parte de las voces que escriben en estos tiempos. Si revisamos esas páginas –y muchas otras revistas y publicaciones en el país, en el mundo—quizás podamos descubrir cómo hablan los que hablan y qué callan los que callan. No solo con “lo dicho” se construye lo real sino también con lo elidido en nuestras interpretaciones. Ahí tenemos una pista. El arte de elidir puede producir una huella.

 

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